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EL DESPERTAR DE LAS MOMIAS

¿Cómo hacer que un cuerpo dure 3.000 años? Nadie como los sacerdotes egipcios para garantizar a un faraón la inmortalidad entre los dioses. Gracias a la tecnología, cada día conocemos mejor sus secretos. Le presentamos el ritual de la muerte egipcia como nunca se había visto.
Hace apenas un mes, Lady Hor dejó de ser mujer para convertirse en hombre. Ocurrió ante los ojos atónitos de los egiptólogos que sometieron a esta momia de más de 2.000 años de antigüedad a una tomografía axial computerizada (TAC) en un hospital de Nueva York.
Desde que fuera descubierta en 1937, en Tebas, Lady Hor había sido considerada una fémina, ya que su sarcófago carecía de la característica barba ornamental que, según la egiptología, aparece en los `ataúdes macho´ de aquella civilización. «¡Es un chico! Escroto y pene bastante bien preservados. Órganos pélvicos propios de un hombre», revelaba un portavoz del Museo de Brooklyn, residencia de la momia desde los años 30. El hallazgo, creen los expertos, provocará, entre otras cosas, una revisión sobre los métodos usados para determinar el sexo de los embalsamados.
La identidad de Hor es apenas uno de los muchos aportes de la tecnología médica al estudio del Antiguo Egipto. En realidad, desde que en 1905 un grupo de arqueólogos llevara al faraón Tutmosis IV a una residencia de ancianos de El Cairo para radiografiar sus restos, estos milenarios cadáveres no han vuelto a descansar en paz. Sobre todo cuando, a partir de los años 80, la tomografía trimidensional, el TAC, permitió elevar de manera exponencial nuestro conocimiento sobre sus identidades, las causas de su muerte y las prácticas funerarias de la época.
El escáner revela ante los egiptólogos golpes, roturas de extremidades, la posición de las mismas, el estado de los tejidos y de la dentadura (básica para desvelar edad y hábitos alimenticios), las enfermedades padecidas, el sexo... Muchos detalles, invisibles al ojo humano, surgen ante la mirada inquisitiva del escáner. De Tutankamón, por ejemplo, se pudo averiguar que gozaba de buena salud, que no presentaba señales de desnutrición ni de enfermedades infecciosas en la infancia o que su dentadura estaba en excelentes condiciones.
El TAC de este joven (se cree que murió con 19 años) y misterioso faraón ha sido el más celebrado de los últimos años. Si el descubrimiento de su tumba, en 1922, se mantiene como el hallazgo arqueológico más importante del siglo XX, las revelaciones de su paso por la tomografía, en 2005, resolvieron algunos misterios pendientes. El escáner derribó más de tres décadas de elucubraciones sobre una posible muerte violenta debida a un golpe en el cráneo. La idea surgió en los 60, cuando la momia fue radiografiada y se detectó la presencia de un hueso suelto dentro de su cabeza. A la luz del TAC, resultó ser un huesecillo nasal que había acabado ahí durante la momificación, momento en el cual se extraía el cerebro del cadáver a través de la nariz. No apareció indicio alguno de asesinato; la causa posible de su muerte pudo ser algo tan peregrino a nuestros ojos como una infección mal curada en la rodilla izquierda causada por una caída.
La recreación tridimensional de Tutankamón se cuenta al detalle en Momias reales, la inmortalidad en el Antiguo Egipto (Ed. Libsa). Escrito por el prestigioso arqueólogo y médico francés Francis Janot, el libro reúne el cuerpo de conocimientos actuales sobre la cultura de la muerte y las prácticas funerarias de esta civilización que se desarrolló a lo largo de más de 3.000 años.
Ligados a su tierra, una estrecha franja de tierra, sometida a las inundaciones del Nilo y rodeada de un terrible desierto lleno de peligros, los egipcios proclamaban el horror de morir y dejar este mundo. Para afrontar esta amenaza permanente de la muerte, el pensamiento teológico elaboró una complicada respuesta mágica y religiosa que contemplaba la existencia de una segunda vida y garantizaba la inmortalidad. El último elemento de este entramado espiritual era la intervención física sobre el cadáver, ya que, para vencer a la muerte, era absolutamente necesario `curar´ el cuerpo de la corrupción. Esto es, convertirlo en momia.
El origen de estas creencias se pierde en la noche de los tiempos, fruto de la observación temerosa de la naturaleza. Al comprobar que el Sol se hundía cada tarde por Occidente, como tragado por el horizonte, los egipcios imaginaron un mundo subterráneo, teatro de las luchas incesantes del astro rey contra un enemigo, invisible para los mortales, cuya derrota total nunca estaba garantizada.

En el Imperio Antiguo (2700 a 2200 a. C), periodo en el cual se forjó y consolidó la estructura política, cultural y religiosa que dominaría el Valle del Nilo, los sacerdotes de Heliópolis, fundadores del sistema de mitos y creencias, eligieron el Sol como creador del mundo. Su nombre era Ra. Por asimilación, el destino del faraón, su hijo, era solar y en esos años sólo él podía ascender al cielo para sentarse junto al padre en una nueva existencia. Por nacimiento y jerarquía, el rey podía aspirar a la inmortalidad si superaba el juicio de los tribunales del Más Allá. Para garantizar el éxito de esa travesía, todos los esfuerzos del pueblo, y buena parte de los recursos nacionales, debían dirigirse a la construcción apropiada del complejo funerario del monarca, dominado por la pirámide, símbolo de esta ascensión al cielo. No es de extrañar, por lo tanto, el esplendor de las sepulturas egipcias, desde las majestuosas pirámides del Imperio Antiguo hasta las criptas del Imperio Nuevo en el tebano Valle de los Reyes, donde, a lo largo de 420 años, fueron enterrados 28 faraones.
El monumento funerario ideal constaba de dos partes principales: el lugar de enterramiento subterráneo, donde se depositaba el cuerpo momificado –a veces hasta 30 metros bajo tierra–, y el lugar de culto en la superficie, en el que se oficiaban los ritos y se realizaban las ofrendas. La finalidad de estas tumbas era servir como morada eterna donde el difunto pudiera disfrutar de su nueva vida. La escala social de este lado del mundo se repetía al cruzar la puerta del otro. Los reyes se convertían en dioses; los nobles, en espíritus bienaventurados que accedían al Más Allá; y, en un proceso que se ha dado en llamar la «democratización de la vida eterna», los plebeyos fueron accediendo también a los atributos divinos.
Tal y como lo describe el arqueólogo Francis Janot, en la cámara funeraria, los Textos de las Pirámides fijaban el gran ritual del culto funerario real, desarrollado para permitir al faraón superar los múltiples y peligrosos obstáculos que amenazaban su ascensión. Sufriendo una metamorfosis, el rey se elevaba hacia la bóveda con el aspecto de una garza real, un halcón, un ánade silvestre o un escarabajo. Acogido por el divino Ra, llegaba a la región de los Campos de los Juncos y de los Campos de las Ofrendas, donde viviría una existencia semejante a la terrenal.
Para que el estado de la muerte no equivaliera a la desaparición total del ser, los egipcios imaginaban la existencia de tres principios vitales invisibles, instalados en lo más profundo del ser humano y que nunca se extinguían: el ba, el ka y el aj.
El ba era la posibilidad que se le daba al cuerpo de asumir distintas formas. En la escritura jeroglífica que decoraba las tumbas, aparecía en forma de un pájaro con cabeza humana que observaba el desarrollo de la vida, posado en un árbol. Los egiptólogos equiparaban el ba con nuestro concepto del alma, que infunde vida al cadáver. Daba al difunto plena libertad para salir de día y moverse sin impedimientos.
El ka era la energía vital del hombre y, en primer lugar, del faraón, que poseía más de un ka. Sólo Ra disponía de catorce. El ka permitía llevar una vida exactamente igual a la terrenal si se cumplía adecuadamente con los ritos del embalsamamiento. La tumba era la residencia del ka, al que había que presentar ofrendas alimenticias regularmente. El ka velaba por el faraón antes y después de la vida.
El aj expresaba la idea de la fuerza divina. Estaba representado en los jeroglíficos por un ibis. Este elemento invisible podía recorrer la distancia que separa el mundo del Más Allá del de los vivos para llegar a las estrellas.
Así, el cuerpo embalsamado seguiría viviendo en compañía de sus tres principios espirituales y del nombre del difunto. La envoltura física ya no podía volver a caminar sobre la tierra, pero debía conservar su integridad para que toda la personalidad pudiera actuar en el Más Allá. La tarea de los vivos era realizar adecuadamente el ritual funerario y procurar con cierta frecuencia asistencia y ofrendas al ka del difunto.
El embalsamamiento, arte que el dios Anubis enseñó a los hombres, era la respuesta práctica ante la inevitable corrupción del cadáver. De la victoria en esa lucha, pensaban los egipcios, dependía el orden cósmico. Sólo Anubis, dueño de los secretos del embalsamamiento y cuarto hijo de Ra, podía devolver la vida al difunto. A lo largo de las dinastías, explica Janot, se desarrollaron y mejoraron varios mecanismos para lograr la regeneración que, llevados a cabo exclusivamente por los sacerdotes-embalsamadores, garantizaban la inmortalidad.
En sus intervenciones a través de los sacerdotes, Anubis actuaba primero sobre la cabeza. Con un hierro curvo se extraía el cerebro por la nariz y se rellenaba el cráneo de alquitrán, semillas y aceite de cedro. A continuación, con una piedra cortante se practicaba una incisión en el costado y se sacaban los intestinos para purificarlos y lavarlos con vino de palma y sustancias aromáticas trituradas. Tras llenar el vientre de mirra pura, canela y otras especias, se cosía y se salaba al difunto, recubriéndolo de natrón, durante 70 días. Hecho esto, lavaban el cadáver, se cubría con ropajes, ungüentos y vendas de lino, y se introducía en el sarcófago y en la cámara funeraria. Anubis guiaba al difunto durante el peligroso camino que conducía a la beatitud, previo paso por la sala del juicio del alma. Al autorizar su tránsito, él mismo ejercía de severo y silencioso custodio, cuya presencia se documentaba en el Imperio Nuevo en el alféizar de las cámaras funerarias. En 1922, el hallazgo de estos símbolos intactos llevó al arqueólogo Howard Carter a comprender que se encontraba ante la entrada de una tumba real inviolada, la de Tutankamón.
En el tránsito seguro al Más Allá, tan importante como el embalsamado era el sarcófago. Considerado como «señor de vida», éste se concebía como una barrera contra la acción destructora de los elementos. El difunto, colocado en «su nueva casa», viviría rodeado de sus objetos familiares. De hecho, los textos del interior de los ataúdes, cuyo contenido mágico era básico en ese viaje que permitía la metamorfosis de un cadáver en un ser indestructible capaz de atravesar los siglos, incluían listas de objetos de la vida cotidiana. El muerto debía tener siempre a mano los utensilios y los escritos. Los jeroglíficos que adornaban el ataúd comenzaban a la altura de los ojos de la momia, con arreglo a un orden religioso, para que el faraón pudiera leer las fórmulas mágicas que lo salvarían de los peligros del mundo inferior.
Con los cambios del pensamiento religioso, en el segundo Imperio Medio, la caja rectangular inicial dejó paso a la antropomorfa. Las nuevas creencias exigían que la tapa del ataúd reprodujera el alma (ba), simbolizada por una cabeza humana con el cuerpo de un pájaro de colores. Así nació el sarcófago rishi, «cubierto de plumas», cuyo ejemplar más asombroso es el de la reina Amose-Nefertiti, de casi cuatro metros de longitud. La momia de aquella reina legendaria por su belleza aún figura entre las grandes cuentas pendientes de la egiptología. Además de ella, todavía quedan por encontrar los cuerpos de faraones como Ramsés VII, VIII, X o XI. Mientras tanto, momias repartidas por museos de medio mundo desfilan por el escáner aportando nuevas pistas al enigmático puzle del Antiguo Egipto.
Artículo: Fernando Goitia.
NEFERTITI, LA HERMOSA Y MISTERIOSA REINA DEL NILO

La figura de la esta reina egipcia, además de su belleza esconde todo un misterio, ya que de un momento a otro desapareció. Algunos teóricos postulan que esta mujer habría ocultado su feminidad para convertirse en hombre.
La imagen más conocida de la reina egipcia Nefertiti es un busto de tamaño real que reposa en el Museo Altes de Berlín. Fue encontrado en 1912, en el sitio de Amarna. Quienes la han visto dicen que es divinamente hermosa, y que si efectivamente la monarca del Nilo tenía los finos rasgos de esa mujer coronada con un espléndido tocado egipcio, todo hace honor a su nombre.
Rodeada de misterio, Nefertiti, que se traduce como "la hermosa mujer que viene" (1390 A.C.-1360 A.C.), es una figura que aún produce discusión entre los expertos egiptólogos.
Tanto el origen como el destino de una de las mujeres más famosas de la Antigüedad permanecen inciertos, y los especialistas siguen debatiendo en torno a la línea dinástica de sus ancestros, tanto como sobre el lugar donde reposaría su cuerpo, supuestamente preservado por los egipcios para la eternidad.
Sobre su origen se especula que pudo ser una princesa extranjera, probablemente de Irak, mientras otras versiones la identifican como hija de Ay, hermano de la madre del faraón que se transformaría en su esposo, a quien le daría seis hijas; dos de las cuales serían también reinas de Egipto.
Sí hay certeza histórica acerca de que fue la primera esposa del faraón Amenofis IV o Ajnatón o Akenatón ("el que agrada a Atón") -líder de la XVIII dinastía-, y que en numerosos grabados y dibujos que los inmortalizan juntos, como en el Templo de Karnak, recibió títulos regios, entre los que destacan Alteza esposa del Gran Rey; Llena de Gracia; Dueña del Encanto; Plena de Felicidad; Maestra del Alto y Bajo Egipto, y Señora de las Dos Tierras.
Nefertiti tendría un rol clave en la revolución religiosa que lideró su esposo y que transformó al Egipto politeísta en una nación centrada en el exclusivo culto de Atón, el Dios Sol, Supremo y Único.
El rol de la soberana sería inédito, señalan los expertos, a la luz de las pinturas que la muestran en igual proporción y estatura que el faraón durante los actos ceremoniales, cuestión infrecuente entre las compañeras de los monarcas.
Nefertiti también secundó la decisión del faraón de trasladar la capital egipcia desde Tebas, ciudad del dios Amón, a Ajtatón, en Amarna, donde se centralizó el culto al nuevo dios Atón.
Pero algo impreciso ocurrió alrededor del año 14 del reinado de Amenofis IV. Nefertiti parece desaparecer de la escena política de Egipto. Algunos expertos señalan que habría sido desterrada al Palacio de Amarna, capital del entonces reino, al perder el favor de su esposo; otros sostienen que habría muerto repentinamente y que fue reemplazada, primero por Meritaten, y luego por Ankhesenpaten al lado del faraón.
Una hipótesis más surrealista la señala ocultando su identidad femenina para convertirse en un nuevo rey, Smenkhakre, que sucedió brevemente a Amenofis IV. Al mismo tiempo, otros piensan en un fin trágico, con la reina asesinada en un intento de revertir el orden religioso forzado por su esposo.
Otra interpretación dice que tras la muerte del faraón, Nefertiti ocupó el trono de Egipto brevemente, antes de la breve asunción de Smenkhakre, quien fue seguido por su supuesto sobrino Tutankamón, quizás el más famoso faraón del Nilo.
Sin embargo, una de las más recientes y atractivas teorías sugiere una segunda lectura para la misteriosa desaparición de Nefertiti. En 2003, Discovery Channel premió una investigación que sugiere que la hermosa reina inauguró una suerte de arte herético en el antiguo Egipto. Y que el busto que está hoy en Berlín es una prueba fehaciente de la llamada Escuela de Amarna, que privilegió la expresión realista del mundo, en particular de la imagen humana, cuestión hasta entonces no cultivada por los maestros egipcios.
Esta manifestación artística, según quienes sostienen esta teoría, no sería más que el reflejo de la profunda revolución religiosa -para entonces también herética-, llevada a cabo por el faraón Amenofis IV.
Nefertiti sigue aquí. A pesar de siglos de especulación acerca de la verdadera naturaleza de la soberana del Nilo, es fascinante que fuera su belleza, el más efímero de los atributos femeninos, el responsable de su eternidad. Y de su leyenda.
Autor : Beatriz Burgos
LA MALDICION DE TUTANKHAMON
La maldición asociada al descubrimiento de la tumba del faraón de la XVIII dinastía Tutankamon es la más famosa en la cultura occidental. Muchos autores niegan que hubiese una maldición escrita, pero otros aseguran que Howard Carter encontró en la antecámara un ostracon de arcilla cuya inscripción decía: "La muerte golpeará con su bieldo a aquel que turbe el reposo del faraón".
En marzo de 1923, cuatro meses después de abrir la tumba, Lord Carnarvon fue picado por un mosquito y poco después se cortó la picadura mientras se afeitaba. En unos días enfermaba gravemente y fue trasladado a El Cairo. Aunque los médicos pudieron detenerle la infección que había empezado a extenderse por el cuerpo, una neumonía atacó mortalmente a Lord Carvanon, que murió la noche del 4 de abril. Se cuenta que a la misma hora de la muerte el perro de Lord Carvanon aulló y cayó fulminado en Londres. Además, cuando la familia recibió la noticia de la muerte en El Cairo, un fallo de electricidad dejó a oscuras la ciudad.
Poco más necesitó la prensa inglesa para airear las leyendas de la maldición de los faraones. Incluso algunos afirmaron que en un muro de las antecámaras estaba escrito: "la muerte vendrá sobre alas ligeras al que estorbe la paz del faraón", aunque en realidad esta frase nunca apareciese en las detalladas notas de Carter y el muro fue derribado para entrar en la tumba. Sir Arthur Conan Doyle se declaró creyente en la maldición, la escritora Marie Corelli afirmó tener un manuscrito árabe que hablaba de la maldición y el arqueólogo Arthur Wiegall publicó oportunamente un libro sobre la maldición de los faraones.
A la muerte de Lord Carnarvon siguieron varias más. Su hermano Audrey Herbert, que estuvo presente en la apertura de la cámara real, murió inexplicablemente en cuanto volvió a Londres. Arthur Mace, el hombre que dio el último golpe al muro, para entrar en la cámara real, murió en El Cairo poco después, sin ninguna explicación médica. Sir Douglas Reid, que radiografió la momia de Tutankamon, enfermó y volvió a Suiza donde murió dos meses después. La secretaria de Carter murió de un ataque al corazón, y su padre se suicidó al enterarse de la noticia. Y un profesor canadiense que estudió la tumba con Carter murió de un ataque cerebral al volver a El Cairo.
Al proceder a la autopsia de la momia se encontró que justo donde el mosquito había picado de Lord Carnarvon, Tutankamon tenía una herida. Este hecho disparó aún más la imaginación de los periodistas, que incluso dieron por muertos a los participantes en la autopsia. En realidad, excepto el radiólogo, los demás miembros del equipo vivieron durante años sin problemas, incluido el médico principal. El mismo descubridor de la tumba, Howard Carter, murió por causas naturales muchos años después.
A principio de la década de los 30, los periódicos atribuían hasta treinta muertes a la maldición del faraón. Aunque muchas de ellas eran exageraciones, la casualidad parecía insuficiente para explicar las demás. La falta de más escándalos y muertes extrañas disipó poco a poco el interés de los periodistas los siguientes treinta años.
En las décadas de los 60 y 70 las piezas del Museo Egipcio de El Cairo se trasladaron a varias exposiciones temporales organizadas en museos europeos. Los directores del museo de entonces murieron poco después de aprobar los traslados, y los periódicos ingleses también extendieron la maldición sobre algunos accidentes menores que sufrieron los tripulantes del avión que llevó las piezas a Londres.
La última víctima atribuida a la maldición fue Ian McShane: durante la grabación de la película en los años ochenta sobre la maldición, su coche se salió de la carretera y se rompió gravemente una de las piernas.
CETROS REALES

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Sejem, era un cetro de poder, fuerza y autoridad constatado desde momentos muy tempranos y que emplearon reyes y nobles con cargos elevados, así como también puede observarse en las manos de algunas reinas cuando realizaban algún ritual que guardaba relación con el poder.
Sejem también era una de las partes del ser y significaba la energía del espíritu divino.
Estaba asociado a dos deidades: Osiris y Anubis.
Como personificación de poder, fuerza y autoridad era imprescindible en las ceremonias funerarias y divinas ya que garantizaba que los ritos fueran especialmente favorables.
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Flagelo o cetro Nejej, solía llevarlo el monarca en escenas rituales o en contextos funerarios para simbolizar su derecho a ser rey de Egipto y su identificación funeraria con Osiris (soberano del Más Allá), tras la muerte.
Se trata de un símbolo de autoridad, cuya función era la de conducir.
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Cetro Heka, se ha interpretado como un antiguo cayado de pastor, que posteriormente pasó a ser un símbolo del dios Andyeti. Cuando este dios fue fusionado a Osiris, el cayado también pasó a formar parte de la iconografía de este dios.
Ambos cetros, el flagelo y el cayado, son dos instrumentos originarios de las primeras dinastías de la civilización faraónica. El flagelo indicaría la acción de conducir (ganado), mientras que el cayado indicaría protección, relacionándose posteriormente con la conducción de los hombres bajo la responsabilidad del monarca.
El cetro Heka era una insignia real, un báculo que aparece en manos del monarca junto la flagelo Nejej. Era uno de los cetros más poderosos de todos los hallados en Egipto y se encuentra a modo de amuleto en los enterramientos privados como símbolo de protección real.
Bajo este mismo nombre encontramos al dios Heka, personificación del poder mágico del Sol, es decir, de la magia. Fue considerado el Gran Ka de Ra.
CORONAS EGIPCIAS

La corona egipcia era uno de los símbolos distintivos de los faraones y dioses del antiguo Egipto.
El pskent es el nombre helenizado de la corona doble, sejemty, portada por los faraones desde los albores de la época dinástica y significaba que poseían el poder en las Dos Tierras (Egipto).
Estaba formada por la superposición de dos coronas diferentes:
-La corona Blanca o hedyet. Mitra blanca oblonga, corona del antiguo reino del Alto Egipto (Sur), asociado al dios Seth.
-La corona Roja o desheret. Corona con rizada protuberancia, del antiguo reino del Bajo Egipto (Norte), asociado al dios Horus.
El nombre egipcio de esta corona doble, sejemty, devino en pskent por deformación de pa-sejemty, "los dos poderes".
Fueron utilizadas como símbolos de poder por los faraones del antiguo egipto; también para distinguir las diferentes divinidades de esta civilización. La complejidad ornamental fue evolucionando a través del tiempo. Basada en las dos regiones, Alto Egipto (sur) y Bajo Egipto (delta del Nilo), se pueden admirar en las esculturas y pinturas faraónicas. A partir de dichas obras se puede distinguir las regiones de donde procedía la nobleza. Durante la época predinástica los pueblos estaban divididos en las regiones ya mencionadas, y fueron reunidas por el faraón Menes, bajo su mando, comenzando así la época dinástica. Cada región se identificaba con una corona y tenía un dios particular.
Corona Blanca: Hedyet
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Representaba al Alto Egipto, y era denominada Hedyet o Uereret; tenía estructura tronco-cónica, con el extremo superior redondeado. No se conoce el material que la constituía pero es posible que fuera de origen vegetal, por tanto, sería de color verdoso, aunque en la iconografía egipcia esta representada con el color blanco, el del Alto Egipto. Relacionada con la diosa buitre Nejbet.
Corona Roja: Desheret
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Representaba al Bajo Egipto, y fue denominada Desheret, Mehes (la del norte), o Net (semejante a la diosa Neit), entre otros nombres. Estaba formada del mismo material que la corona Blanca, probablemente, ya que así lo muestran los textos de las pirámides. Su color representativo es el rojo y aparece en los muros de los templos orientados hacia el norte. De estructura cilíndrica, con una protuberancia rizada, asociada con la abeja, (representante de las dinastías) y con la diosa Neit. Fue relacionada con las diosas Uadyet, Amonet y Neit.
Corona Doble: Sejemty
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Representaba al Alto y Bajo Egipto, es decir, la unión de ambos reinos, la unificación de Egipto. En iconografía está representada como una corona Blanca dentro de la Roja. Era denominada por los egipcios Sejemty "las dos poderosas".
Corona Atef
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Es una forma más compleja de la corona Blanca, y se compone de dos plumas de avestruz, en ocasiones, con dos cuernos en su base, uraeus y un disco solar. Se representa en color amarillo. Se pensaba que ayudaba a renacer al difunto. Aparece también en los textos de las pirámides. Fue relacionada con los dioses Osiris y Herishef.
Corona Hemhem

Tiene el estilo de una triple Atef, y puede ser considerada una variante de la misma. Representa el triunfo del Sol sobre las tinieblas, la juventud, y en la iconografía es portada por niños.
Corona Jeperesh

Tiene forma de casquete azul, corona de tipo ceremonial, la llevaban los reyes en las ofrendas a los dioses. Era confeccionada con tela azul. Se sospecha que podía haber estado relacionada con la energía necesaria para gobernar. Fue relacionada con la diosa Uerethekau.
Corona Shuty

Representada por dos plumas de halcón, aunque sufre transformaciones, como la inclusión de dos cuernos o un disco solar. Esta relacionada con la unión de las Dos Tierras y de las dos diosas Uadyet (Bajo Egipto) y Nejbet (Alto Egipto). En el imperio nuevo se convierte en una corona que portan las mujeres de la casa real y las Divinas Adoratrices.
GOOGLE EARTH

Por todos es conocida esta imprescindible herramienta, Google earth nos permite divisar los monumentos del antiguo egipto en su máximo esplendor.
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INDUMENTARIA EGIPCIA

La Indumentaria en Egipto era una consecuencia directa del clima: cálido y seco, y de la forma de vida, al aire libre.
Se usaban ropas exclusivamente de lino, aunque al principio se usaba el algodón, se impuso el lino por la creencia de que era más puro, y se cultivaba para fines textiles en exclusiva. El color preferido era el blanco, aunque podía llevar algunos dibujos en los bordes.
La lana era conocida, pero fue considerada impura, ya que todas las fibras animales eran objeto de tabú, y sólo fueron empleadas (y muy poco) para abrigo, y prohibidas en los templos y santuarios, dónde los sacerdotes usaban ropas de lino de color blanco.
Los campesinos, los trabajadores y las personas de condición modesta, solían ir con un taparrabos, y si se vestían, llevaban sólo el shenti, por otra parte, usado por los varones de toda condición social, que consistía en una especie de faldilla que se arrollaba a la cintura y se ceñía con un cinturón de cuero. Durante el Imperio Nuevo, hacia 1425 a. C., comenzó a usarse una túnica ligera, o camisa sin mangas, así como una especie de jubón plisado.
Entre la gente de alta posición se adornaba la pieza con bordados y se colocaba sobre un calzón o túnica. Encima del schenti llevaban las personas de distinción una especie de saya corta formando menudos pliegues, que para salir de casa se cambiaba por una túnica con mangas o sin ellas, ambas de fina textura. Para cubrir la cabeza ambos sexos usaban una peluca postiza, y los hombres un tocado particular, el claft, que se formaba con un lienzo cuadrado, hecho con una tela de rayas, ajustado a la frente y con caídas a los lados.
El vestuario real está bien documentado, vestían de modo semejante que el resto del pueblo, aunque utilizando los símbolos distintivos, como el cetro y la corona egipcia.
El vestido femenino se mantuvo igual durante varios milenios, modificado sólo en algunos detalles. Las mujeres llevaban la falda larga y con la cintura muy alta, como un vestido largo y ceñido, de una pieza, sujeto con dos tirantes, que a veces eran anchos y les cubrían los senos. También llevaban una especie de capa corta cubriendo los hombros. La forma de colocarse las túnicas era muy varida, dando la impresión de constituir ropa diferente. A veces usaban una muselina muy fina, otras veces eran telas teñidas y pintadas, decoradas con diversos motivos que imitaban por ejemplo un plumaje como las alas de Isis. Las mujeres trabajadoras llevaban ropas más amplias, incluso algunas iban desnudas también.
En la época de dominación romana, en las tumbas de los coptos, se han encontrado túnicas de forma romana y con adornos iguales a los que usaban los cristianos de las catacumbas (los clavi y calliculae) mientras que otras de ellas carecen de toda costura (túnicas inconsútiles).
LA MUSICA EN EL ANTIGUO EGIPTO

En la antigüedad los egipcios empleaban la música en diversas actividades cotidianas, pero fue en los templos y en su ceremonial donde tuvo un desarrollo más intenso. No se conoce con exactitud cómo era la música egipcia, porque no se escribía, sino que se trasmitía oralmente; no obstante se conservan los textos empleados en algunas ceremonias- como las de los cultos a Isis y Neftis-,que permiten suponer que dos sacerdotes alternaban en el canto, combinados con solos a cargo de las sacerdotisas que representaban a la diosa.
Para el estudio de la música egipcia existe documentación gráfico-jeroglífica, bajorrelieves y textos, que atestiguan el uso y forma de sus instrumentos y su importancia en el culto religioso. Entre los instrumentos más apreciados destacan el sistro, iinstrumento de percusión con un marco de madera en forma de U, con un mango como asidero,con barras cruzadas que sostenían unas placas metálicas.
Otro instrumento muy utilizado en el antiguo Egipto fue el arpa con caja armónica baja. Entre los instrumentos de viento se utilizaban la flauta recta, la chirimía doble,de caña, que consistía en dos tubos paralelos provistos de lengüeta, que sonaban al unísono ;y en los desfiles militares una especie de trompeta de cobre o de plata.
Hacia el siglo XVI a de C., el contacto de los egipcios con Mesopotamia contribuyó al desarrollo y asimilación de un nuevo estilo de música oriental de carácter fundamentalmente profano. Esta influencia se advierte en un tipo de baile más rápido que el practicado durante los imperios Antiguo y Medio, y sobre todo, en los numerosos instrumentos asiáticos que llegaron a Egipto. Entre ellos tuvo gran importancia el oboe doble, con dos cañas colocadas en ángulo,y mientras una ejecutaba la melodía, la otra la acompañaba con una nota grave que sonaba ininterrumpidamente a modo de nota pedal.
Durante el Imperio Nuevo aparecen además en Egipto otros instrumentos como las arpas angulares, de caja armónica alta, que se fue perfeccionando hasta convertirse en un magnífico instrumento de unos seis pies de altura, con diez o doce cuerdas y un marco profusamente tallado.
Posteriormente, durante la ocupación griega, los egipcios adoptaron muchos elementos de la música helena, aunque la influencia de Egipto sobre Grecia fue enorme. Aunque ignoramos su sistema musical, se da por seguro que en el Imperio Nuevo se utilizaba la escala de siete sonidos. Además, Pitágoras, griego, educado en los templos egipcios y fundador de la teoría matemático-musical griega, asimiló gran parte de la ciencia egipcia.
Por otro lado, Claudio Ptolomeo, que vivió el ocaso de la cultura egicia,fue un importante matemático y teórico de la música, y en el siglo II a de C. El griego Ctesibios, residente en Alejandría inventó el órgano hidráulico, instrumento en el que el suministro de aire de los tubos era realizado por un mecanismo que utilizaba la presión del agua.
Aunque gran parte de la cultura egipcia pasó a Grecia, tambien alcanzó a la iglesia copta y posteriormente se mezcló con otras civilizaciones.
EL PAPIRO

Papiro es el nombre que recibe el soporte de escritura elaborado a partir de una planta acuática, también denominada papiro, muy común en el río Nilo, en Egipto, y en algunos lugares de la cuenca mediterránea, una hierba palustre de la familia de las ciperáceas, el Cyperus papyrus.
Etimológicamente, la palabra papiro proviene del término griego πάπυρος papiros que en latín es papyrus, cuyo plural es papyri, tomada del egipcio antiguo per-peraâ, que significa "flor del rey". También es el origen de la palabra papel.
Fue profusamente empleado para la fabricación de diversos objetos de uso cotidiano, siendo su principal utilización la elaboración del soporte de los manuscritos de la antigüedad denominado papiro, precedente del moderno papel. El fragmento más antiguo de papiro, se descubrió en la tumba de Hemaka, chaty del faraón Den, en la necrópolis de Saqqara, aunque no han perdurado los posibles signos jeroglíficos escritos en él.
Su elaboración era monopolio real y fue muy apreciado, por su gran utilidad, entre los pueblos de la cuenca oriental del Mediterráneo, exportándose durante siglos en rollos de alto valor, como se describe en relato del viaje de Unamón.
Su uso decayó al declinar la antigua cultura egipcia, siendo sustituido como soporte de escritura por el pergamino.
ELABORACION.
Primero, el tallo de la planta de papiro se mantenía en remojo entre una y dos semanas; después se cortaba en finas láminas y se prensaban con un rodillo, para eliminar parte de la savia y otras sustancias líquidas; luego se disponían las láminas horizontal y verticalmente, y se volvía a prensar, para que la savia actuase como adhesivo; se terminaba frotando suavemente con una concha o una pieza de marfil, durante varios días, quedando dispuesto para su uso.
Se solían fabricar rollos de unas veinte páginas, cada una de cuatro metros y medio, aunque se solían cortar en "hojas" de menor tamaño para poder utilizarlas más cómodamente.
Las inscripciones se realizaban en la cara del papiro que tenía dispuestas las tiras horizontalmente, el anverso; en la otra cara, el reverso, raramente se escribía aunque, por ser muy caro, si lo que estaba escrito perdía interés, era borrado y vuelto a utilizar.
El soporte de escritura no era el único producto fabricado a partir de esta planta, muy común a la época antigua (hoy casi desaparecida, sólo para uso turístico), también se podían fabricar objetos de cestería, sandalias, calzones, cuerdas, e incluso embarcaciones. Se consumía su raíz y a veces también el interior del tallo.
Es el papiro sagrado, utilizado para elaborar las barcas de dioses del Antiguo Egipto. La planta también tenía una función religiosa surgida en épocas antiguas: nacida en el sagrado Nilo, se representaba en los templos y era portada en las procesiones, donde simbolizaba el renacimiento y la regeneración del Mundo. Planta específica del Delta del Nilo, ésta era el emblema del Bajo Egipto y representaba a la diosa Uadyet (uady: jeroglífico del papiro, significando también el verde de malaquita, y "la prosperidad"). La planta de papiro fue representada desde la época predinástica como símbolo del Bajo Egipto; figura en la maza votiva de Horus Escorpión.
CLASIFICACION.
Antiguamente, según Plinio el Viejo, se clasificaban por su calidad en ocho clases:
- Emporíticos: los de inferior calidad, utilizados como papel de envolver.
- Taeneóticos: los de mala calidad.
- Saíticos: los de baja calidad, elaborados con materiales sobrantes.
- Anfiteátricos: los de media calidad.
- Fanianos: los de buena calidad.
- Livios: los de muy buena calidad.
- Augusticos: los de alta calidad.
- Hieráticos o regios: los de más alta calidad, sólo utilizados para textos sagrados.
Debido al gran número de papiros encontrados, se utilizan diversos y dispares esquemas de clasificación para poder identificarlos, así:
-Por la persona que poseía el manuscrito: Papiro Westcar.
-Por el lugar de origen: Oxyrhynchus Papyri.
-Por el sitio donde se conserva: Canon de Turín.
A los papiros se les asigna además un número, para facilitar su identificación en las labores de clasificación.
EL REINO DE MEROE

Meroe o más correctamente Reino Meroitico es el nombre de un reino que surgido en Nubia (también conocido como Kush o Cus en la Biblia) de 400 a. C. hasta 300 ddC y lleva el nombre de su capital, la ciudad de Meroe; fue continuador del Reino de Napata.
El nombre actual Meroe o Meroë deriva del idioma meroitico: Medewi o Bedewi; teniendo actualmente su forma en idioma árabe como Meruwah, tal nombre le fue dado inicialmente a la capital, una antigua ciudad en la orilla derecha (oriental) del Nilo aproximadamente unos 6 km al noreste de la actual estación Kabushiya próxima a Shendi en Sudán. En las cercanías de las ruinas se encuentra el villorio de Wagraviyah.
Hacia 270 a. C., el rey Ergamenes destruyó Napata y se trasladó a Meroe, que pasó a ser la capital. Aparecen en estos años varios reyes rivales, probablemente gobernando en Napata: Ardyamani, Imen Barkal, Iriqe-Pidye-qo y Sabraqamani.
Queda el recuerdo entre los historiadores romanos de enfrentamientos y tratados entre Roma y Meroe. Hacia el año 25 a. C., el rey de Meroe, que ahora volvía a residir en Napata, intentó conquistar la Tebaida y ocupó Elefantina y Siena, pero fue rechazado por Petronius, que entró en Napata unos meses después de conquistar Dakka y Primis.
Entonces la reina Candaces (Candacia, Kandako, moderna Cándida) o Amanirenas pidió un tratado de paz que le fue rechazado, y los romanos se llevaron miles de esclavos y botín. Finalmente la reina apeló por la paz a César Augusto, que se la concedió hacia el año 20 a. C. y se estableció la frontera y el reino de Meroe (Nubia) quedó libre de tributo. Primis retornó a Meroe. Progresivamente durante estos últimos siglos del milenio, el culto a Amani (Amón), el dios egipcio principal entre los nubios, fue substituido por el dios local Apedemak.
Hacia el año 250 de nuestra era, la cultura hizo un cambio radical al entrar al valle del Nilo pueblos de otros lugares identificados como grupo X. Se dejarán de erigir pirámides y surgirán los entierros en túmulos que se aprecian en el reino nubio de Ballana, donde los reyes están enterrados con sus servidores, caballos, camellos y burros. Parece que estos invasores podrían ser el origen de las tribus Tobati que dominaron Nubia al comienzo de la era cristiana. Grupos nubios llamados blemios (predecesores de los actuales beja o begeyas), hicieron incursiones en territorio controlado por el imperio romano. Diocleciano los reconoció como federados (fœderatii) del Imperio, sin embargo ciudades como Prima, Foenicon, Ciris, Tafa y Talmis, al sur de Egipto, se rindieron a los atacantes.
En 298, Roma evacuó la zona fronteriza con Meroe (es decir, con la parte norte de Nubia). El reino nubio atacó unos años después al reino de Axum (en el actual Etiopía) y en el contraataque Meroe fue ocupada y el reino se hundió hacia el año 350, fraccionándose en estados menores. Sin embargo, en el siglo V, la Tebaida estaba tan devastada que el emperador Marciano tuvo que firmar un desfavorable tratado de paz en 451 con un rey de Nubia, puede que con el del reino de Nobatia, principal reino sucesor de Meroe.
La ciudad de Meroe existía desde, al menos, el año 750 a. C., y fue la capital secundaria del reino de Napata, o Kush. Napata fue saqueada por Egipto en 590 a. C. y desde entonces la capital pasó a ser Meroe. Situada en la ribera de una amplia curva del Nilo, en Nubia, entre las montañas etíopes, fue destruida cerca del año 350 ddC.
La ciudad esta compuesta de tres zonas:
- La denominada ciudad real rodeada de un muro, donde se encuentra el palacio y los edificios de la corte.
- El complejo de templos de Amani (Amón)
- La ciudad, donde reside la población.
De la ciudad se conservan restos de muralla y de un posible palacio real, algunos templos pequeños y el gran templo de Amón, y santuarios. Los templos están dedicados a dioses egipcios y a dioses nubios.
Una necrópolis cerca de la ciudad contiene unas mil tumbas casi todas de túmulos. Una más lejana en Begarawiya, tiene tumbas reales:
La zona sur (más antigua) contiene hasta 204, entre ellas la pirámide de Arakakamani o Arkamani (Ergamenes) que correspone al primer rey que se enterró en la ciudad hacia el 260 a. C.
La zona norte tiene 44 tumbas (37 de ellas de los reyes de Meroe entre 250 a. C. y 320 d. C.)
El sector oeste con las tumbas de los altos dignatarios.
Las pirámides son pequeñas (la más grande no llega a los veinte m de base). Fueron excavadas de 1909 a 1914, de 1920 a 1923 y de 1974 a 1976.
PELUQUERIA Y BELLEZA EN EL ANTIGUO EGIPTO

Se conocen utensilios (espejos, peines, navajas de afeitar) del Antiguo Egipto desde 5 milenios antes de Cristo que demuestran el interés de los egipcios por los cabellos y la barba.
Los egipcios aparecen en las más antiguas estatuas con el cabello largo y barbas puntiagudas en el mentón. Posteriormente, los cabellos serán cortos y la perilla será sustituida en los faraones y altos funcionarios por una barba artificial adherida probablemente debido a la necesidad de afeitar el pelo para evitar la frecuente proliferación de parásitos. Aparece la peluca como alternativa aunque no dejan de llevarse los cabellos propios como se observa en muchas estatuas. En los representantes de las clases altas del Antiguo Imperio aparece el bigote.
Las mujeres llevan los cabellos naturales sujetos en la frente con una cinta y divididos con raya al medio.
Uno de los peinados más frecuentes en Egipto era una peluca de cabello largo dividido en tres partes: dos de ellas caen por detrás de las orejas y delante de los hombros y la tercera sobre la espalda.
Más tarde, en el Imperio Medio, aparece la peluca caracol, llamada así por el enrollado de los cabellos sobre el pecho.
Del Imperio Nuevo existe una estatua del Faraón Tutmosis III (1490 - 1436 a.d.C.) en la que se observa la barba postiza de las ceremonias que sube por las mejillas, sujeta por una cinta y desaparece bajo la corona real. La longitud de esta barba indica la importancia de su portador. En el caso de dioses con figuras humanas esa barba llega hasta el pecho y sus puntas están enrolladas. La barba está trenzada frecuentemente y en las representaciones de los dioses acaba con la piedra divina, el lapislázuli.
Los sacerdotes egipcios llevaban la cabeza calva y se afeitaban el cuerpo totalmente cada tres días, incluso las cejas.
Los antiguos egipcios, en su mayor parte, vestían de forma muy simple y práctica, que se compone principalmente de ropa doblada. Y por más de un período de tres mil años los cambios en el vestido de Egipto eran mínimos.
Linos de diversos espesor se utilizaban para hacer ropa, el mejor era un semi transparente que fue muy popular en la antigüedad.
Los hombres en general llevaban ropa blanca. Son vestidos generalmente de forma rectangular y atados a la cintura.
La túnica fue otro favorito del hombre egipcio. Entró en diversos diseños, pero generalmente era largo y fluido.
Los más ricos que eran, evidentemente, los más elaborados se convirtió en su ropa. Faraón se observa a menudo lleva una decoración muy colorida y kilt, además de un ’El khat ", un headdress lino en azul y franjas blancas.
Las mujeres llevaban prendas que fueron principalmente largas en toda su longitud, desde el hombro y va hasta el tobillo. Estas se usaron vestidos, en particular, por la noble y real mujeres de la corte y se hicieron desde el más ligero blanqueada en blanco lino.
Sin embargo bailarines de los templos, acróbatas, y los trabajadores a menudo llevaban calzones como los hombres, o, a veces, sólo delgadas tiras de lino, o cuentas, atados alrededor de sus cinturas. De manera más general, pelucas, joyas, cosméticos y pelucas fueron utilizados por ambos sexos.
Ambos sexos se rasuraban la cabeza, así como sus órganos de limpieza, por lo que se usaron como pelucas decorativas prendas de vestir. El uso de pelucas continuó por miles de años.
El factor climatológico también tiene incidencia en los cuidados del cabello. Así, contrariamente a la creencia popular, las egipcias no se rapaban el cabello, sino que se lo dejaban crecer y se colocaban una peluca encima para protegerlo del sol.
Cuanto más trabajada y ornamentada era la peluca, mayor se consideraba el estatus de la mujer que la lucía.
Las pelucas se realizaban con pelo natural o a base de sustancias vegetales y sobre ellas se colocaban extensiones, trenzas, etc. Para mantenerlas, se utilizaban ceras y tintes elaborados a base de henna.
La moda marcó tendencias en las pelucas según las épocas. Así, en el Imperio Antiguo (2575-2134 aC), la peluca era tripartita (dividida en tres partes) y, en el Imperio Medio (2040-1640 aC), las aristócratas se colocaban pelucas cortas de bucles.
Los niños solo llebavan un solo mechon rizado, de ahí el jeroglífico que representa una mechon significa niño.
LA CACHETTE REAL DE DEIR-EL-BAHARI DB320

El 15 de junio de 1881, el vapor perteneciente al Servicio de Antigüedades Egipcias partía de Luxor hacia el Museo de Bulaq en El Cairo con una excepcional carga: nada menos que las momias y sarcófagos de 40 reyes y sacerdotes egipcios, junto con parte de sus ajuares funerarios. Entre los ilustres pasajeros del vapor se encontraban algunos de los más influyentes reyes del Imperio Nuevo egipcio. Se cuenta que durante el viaje a El Cairo, los habitantes de los pueblos de las orillas del Nilo salían al encuentro del vapor haciendo públicas las demostraciones más frenéticas de duelo, su particular manera de dar el último adiós a los que un día fueron los grandes monarcas de su país.
Cuando el barco llegó a El Cairo, el funcionario de aduanas debió quedarse perplejo ante la carga transportada. En sus listas de aranceles no figuraban por ningún lado ‘momias de reyes’, ‘sarcófagos con momias’, ni nada por el estilo, así que al final decidió anotar la entrada de estos ilustres reyes en suelo cairota como si se tratara de ‘pescado seco’, una especialidad culinaria egipcia. Con su llegada al Museo de Bulaq, acababa un largo periplo que había mantenido en vilo a las autoridades egipcias y al grueso del mercado negro de antigüedades, más concretamente una familia de la localidad de Gurna, la familia Abd er-Rassul.
HISTORIA DE UN SAQUEO
El mercado negro de antigüedades egipcias siempre ha estado activo, unas veces con mayor fortuna y otras con menor, pero siempre ha habido pequeños hallazgos que han sido del agrado de turistas y coleccionistas caprichosos. En 1870 comenzaron a aparecer en el mercado impresionantes papiros funerarios de excelente calidad, correas de piel de las que suelen envolver a las momias, vasos decorados, etc. Los antiguos dueños de esos objetos coincidieron ser todos miembros de la misma familia real de la dinastía XXI. Era evidente que una tumba real había sido hallada.
Auguste Mariette, director del Servicio de Antigüedades en aquella época, adquirió el papiro destinado como Libro de los Muertos a la reina Henttawy, pero pese a sus intentos por sonsacar información sobre la nueva tumba, no consiguió hacerse con su paradero. Tras su muerte en 1881, Gaston Maspero le sucedió en el cargo, y éste retomó la búsqueda. Todos los indicios apuntaban en la misma dirección: la familia Abd er-Rassul. Duros interrogatorios, registros, dos meses de cárcel y la amenaza de futuros interrogatorios más duros aún consiguieron que al final Mohammed, uno de los hermanos, contara al bajá lo que ya todos sabían. La familia había encontrado diez años atrás una tumba con multitud de ataúdes, momias y piezas funerarias, las cuales había estado vendiendo en el mercado negro poco a poco. Mohammed ‘vendió’ el secreto de la tumba por 500 libras esterlinas y un puesto como capataz de las excavaciones del museo en Tebas, no sin antes hacer una última visita a la tumba para extraer nuevas piezas. El bajá Daud ordenó una inspección de la ‘Nueva Casa Blanca’, propiedad de la familia, y allí se encontraron más papiros funerarios que los Abd er-Rassul sin duda pretendían vender.
Maspero se encontraba en ese momento en París, pero su colaborador Émile Brugsch contaba con plenos poderos en su ausencia. Fue así como dos días más tarde de la confesión, el 6 de junio, Mohammed y un grupo de obreros condujeron a Brugsch y dos de sus colaboradores a la tumba.
REDESCUBRIMIENTO DE LA CACHETTE
La tumba que había servido como escondrijo real se hallaba detrás de la colina de Gurna, en uno de los extremos del circo de Deir el-Bahari. La entrada a la tumba es un pozo de unos 3 metros de largo por 2’5 de ancho, y casi 13 metros de profundidad. No es difícil imaginar por qué el lugar fue elegido como escondite, se halla oculto en una hondonada, justo debajo de una chimenea natural de 45 metros de altura, que llega hasta la cima de los cerros.
Los obreros de Mohammed colocaron un tronco atravesado del que colgaba una soga sobre el pozo, descendieron, y en pocos minutos la entrada a la tumba se hallaba despejada para que Brugsch y su equipo pudieran entrar. No les debió resultar fácil el acceso, ya que los 90 cm de altura del corredor de entrada obligaban a caminar de rodillas, y los ataúdes amontonados en el pasillo dejaban muy poco espacio libre. La primera visión de Brugsch fue un ataúd blanco decorado en amarillo en el que pudo leer el nombre de su propietario, el sacerdote Nebseni. Tras éste aparecían otros tres ataúdes de mejor calidad, el primero de ellos perteneciente a la reina Ahmés-Inhapi (esposa de Sekenenra-Tao II), junto al de Hentawy (esposa de Pinedjem I y madre de Psusennes I) y el de Seti I. A medida que Brugsch avanzaba por el corredor, la luz que llegaba del exterior era menor, así que tuvo que encender una vela para poder seguir con su inspección. No daba crédito a lo que veía, pese a tratarse de una tumba ya saqueada Brugsch sólo veía ataúdes amontonados, cofres canopes, cajas de ushebtis y vasos de libaciones por todas partes. Un objeto en particular llamó su atención, se trataba de una tienda usada en el enterramiento de la princesa Isetemkheb, hecha de delicada piel de gacela y decorada en verde, rojo y azul. Llegado a cierto punto el corredor giraba a la derecha y la altura del mismo aumentaba permitiendo caminar de pie. Este segundo corredor era mucho más largo que el primero, y pese a ser más cómodo que el anterior, la cantidad de objetos en el suelo irregular hacía difícil el acceso. Tras bajar unos escalones en el corredor se abría un pequeño nicho de unos 5 metros, atestado también de ataúdes, algunos de proporciones colosales. Entre los huéspedes de este pasillo se encontraban reyes del Imperio Nuevo tan insignes como Ramsés I, II y III, Tutmosis I, II y III, Ahmosis o la reina Ahmés-Nefertari. Brugsch no salía de su asombro, su admiración crecía al tiempo que su vela iba de sarcófago en sarcófago iluminando los nombres reales. Por miedo a poder causar una catástrofe con las velas y el aire enrarecido, Brugsch decidió salir al exterior y pensar en el mejor modo de actuación para sacar el contenido de la tumba. Cuando volvió a la tumba para seguir con la exploración y llegó a la última cámara de la tumba, de unos 4 metros de largo por 6 de ancho, se encontró con los ataúdes de una decena de miembros de la familia real de Pinedjem II.
En el plazo de seis días 300 obreros sacaron y embalaron los 40 ataúdes y más de 5.900 objetos hallados en el interior de la cachette y fueron embarcados rumbo a El Cairo. Resulta increíble que Brugsch no realizara ninguna fotografía ni esquema de la posición de los objetos en la tumba. Tiempo más tarde escribió un informe "fiel a sus recuerdos" para Maspero. Lo que está claro es que en la tumba hay dos tipos de momias: las de los faraones y nobles que fueron enterrados en sus respectivas tumbas del Valle de los Reyes (tras el saqueo, los sacerdotes decidieron restaurarlas y darles un nuevo enterramiento), y las de los sacerdotes responsables de los reenterramientos junto con sus familiares (posiblemente los miembros de la familia de Pinedjem II). Aún así son todavía muchas las preguntas sin respuesta sobre esta misteriosa tumba utilizada como escondrijo real: ¿quién es el propietario de la tumba?, ¿cuál era la posición original de los ataúdes?, ¿qué ataúdes cambiaron de lugar los hermanos Abd er-Rassul y movieron hacia los corredores?, ¿qué ponía en las inscripciones hieráticas de las paredes que se han perdido?...
INTENTOS POR RECONSTRUIR LA HISTORIA DE LA CACHETTE
Como las notas dejadas por Brugsch conforme a sus recuerdos no son base suficiente para dar respuesta a todas las preguntas anteriores, los especialistas recurren a la información que los sacerdotes que se encargaron de la restauración y traslado de los reyes dejaron por escrito sobre los ataúdes y nuevos sudarios, o los grafitos que estas mismas comisiones dejaron en las paredes. Esto no es fácil, ya que algunas momias se encontraban en ataúdes que no les correspondían y se cree que algunas de ellas están mal identificadas. Los expertos no se ponen de acuerdo a la hora de reconstruir la historia de lo que debió ocurrir en la cachette.
En 1919 una expedición del Metropolitan Museum de New York intentó estudiar la tumba y aportar nueva luz, pero lamentablemente no fue posible, ya que techos y paredes se habían derrumbado. En 1938, el Instituto Francés de El Cairo limpió el acceso al pozo con la intención de copiar las inscripciones que hacían referencia al enterramiento de Neskhons y Pinedjem, pero poco se pudo hacer salvo copiar lo que quedaba de una de ellas. No ha sido hasta 1998, cuando una misión compartida de la Russian Academy of Sciences y la Universidad de Münster ha limpiado completamente la tumba (1998-2006), encontrando fragmentos de piezas dejados atrás por Brugsch y nuevas marcas de cantero desconocidas hasta ahora. Con el estudio comparativo de estas piezas y las trasladadas al museo en 1881, los mapas y medidas correctas se espera poder conocer con mayor detalle qué fue exactamente lo que ocurrió en esta peculiar tumba, quiénes fueron sus ocupantes originales y la secuencia cronológica en que se fueron depositando en la tumba los nuevos huéspedes.
ARTÍCULO PUBLICADO EN EL NÚMERO 10 DE "LA PUERTA DE MAAT", REVISTA DEL INSTITUTO VALENCIANO DE EGIPTOLOGÍA (www.ivde.org)
Autor: Désirée Domínguez
LAS MUJERES DE RAMSES II

Quizás por ser el más conocido de los faraones, hay datos de decenas de reinas, esposas y concubinas y de cientos de hijos e hijas de este rey, lo que le ha labrado la fama de lascivo y mujeriego. También es cierto que el rey no hizo nada para ocultar este hecho, sino que incluso llegó a confeccionar una lista con los nombres de todos sus hijos y diseñar una enorme tumba en el Valle de los Reyes para varios de ellos. Este hipogeo, conocido hoy como KV5 no deja de sorprender y sigue siendo estudiado en el 2007. Se ignora qué secretos puede guardar.
Sin temor a equivocarse, es indudable que la mujer de la vida del faraón fue su primera «Gran Esposa Real», la bella Nefertari "por la que brilla el Sol". Se desconoce su linaje, aunque se piensa que quizás estaba emparentada con la anterior dinastía por el faraón Ay: Ramsés se ocupó mucho de ocultar su parentesco. Nefertari no fue sólo una esposa y la madre de los hijos del faraón, sino que tomó un papel muy activo en las conversaciones con los hititas, y sus cartas con la emperatriz Putuhepa sentaron las bases del proceso de paz.
Era tal el amor que profesaba el rey a Nefertari que le llegó a dedicar el segundo templo de Abu Simbel, bajo la imagen de la diosa Hathor, en cual la imagen de la reina tiene el mismo tamaño que la del rey, algo inusual en Egipto. Desgraciadamente, es muy posible que Nefertari no llegase a ver el templo acabado, pues murió en el año 26º del reinado, antes de su inauguración. Su tumba, la QV66 tiene las pinturas mejor conservadas del Valle de las Reinas.
La desaparición de Nefertari encumbró aún más la posición de la segunda «Gran Esposa Real» de Ramsés, con la que también estaba casado desde la adolescencia, Isis-Nefert o Iset la Bella. Al contrario que su rival, esta mujer permaneció siempre en la sombra, pero se piensa que era muy inteligente, pues logró situar a todos sus hijos en los puestos más importantes del Estado. Se ha llegado incluso a pensar que hubo rivalidad entre la familia de Nefertari y la de Isis-Nefert, y que la muerte de la primera y de su primogénito se debieron a las intrigas de la segunda. Ante la ausencia de datos, sólo caben las conjeturas.
No se conoce la fecha de muerte de Isis-Nefert, pero se sabe que compartió el cargo de «Gran Esposa Real» con otras mujeres. Ramsés tuvo, aparte de sus dos primeras esposas, otras cinco reinas. Al parecer éstas fueron su hermana (o hija) Henutmira, la princesa hitita Maathornefrura (que fue la prenda de la paz con Hattusil III), la dama Nebettauy (tal vez hija de Isis-Nefert), así como dos hijas más. El incesto real era frecuente en la historia egipcia, y Ramsés II no tuvo el menor reparo en convertir en dos de las más importantes Grandes Esposas Reales a sus hijas, una de Nefertari (Meritamón) y otra de Isis-Nefert (Bint-Anat), que acabarían sustituyendo a sus madres tanto en su puesto político y ritual como en el corazón de su marido cuando éstas desaparecieron.
EVOLUCION DE LA MOMIFICACION

En la época predinástica, los muertos eran enterrados directamente sobre la arena del desierto. La sequedad a la que estaba sometido el cuerpo hacia que se deshidratase rápidamente en un proceso natural de momificación.
Cuando el cuerpo ya no se entierra directamente sobre la arena, sino que se construyen tumbas para el reposo eterno, los efectos de las arenas desaparecen, por lo que surge la necesidad de crear un proceso para conseguir los mismos resultados.
En este investigar se descubren las propiedades de ciertos aceites, ungüentos y sales que ayudan a este proceso de embalsamamiento así como la necesidad de eliminar ciertas vísceras del cuerpo ya que se corrompen y ponen en peligro la pervivencia del cuerpo.
Pero antes de meternos en el proceso de momificación y todos los rituales, que son muchos, que lleva consigo vamos a adentrarnos en la construcción de sus "casas de la eternidad", sus tumbas.
No vamos a hablar de todas, sino que haremos un viaje en el tiempo para ver cómo van evolucionando y la moda de cada época en cuanto a construcción de tumbas se refiere.
Siempre nos referiremos a tumbas que son muy conocidas para que, a partir de ellas, podáis leer más cosas e ir aprendiendo y profundizando: en un principio como ya hemos visto, las tumbas eran simples hoyos en las arenas del desierto en el que se colocaba el cadáver con un pequeño ajuar funerario. Ya en época histórica, esto es, con las primeras dinastías vemos que las pequeñas tumbas se diversifican. Vemos superestructuras que denominamos mastabas.
De este túmulo nacerá la primera pirámide o mejor dicho, el primer intento de pirámide que culminó con las grandes pirámides de Ghiza. Vamos a ver un poco más sobre las mastabas







































